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El truco en la literatura

Borges le dedicó un poema y un ensayo, y llegó a decir que ahí estaba, en germen, su refutación del tiempo. Un uruguayo le contestó cincuenta años después.


Pocos juegos de cartas tienen la suerte del truco: que un escritor de primera línea lo tome como excusa para hablar de la muerte, del tiempo y de la identidad de un país. El truco la tuvo, y le tocó Borges.

Pero antes de Borges está la gauchesca, que lo usó para contar una guerra; y después de Borges está un antropólogo uruguayo que le contestó, con razón, que se había equivocado de metáfora.

Borges: el poema, que tiene dos versiones distintas

«El truco» está en Fervor de Buenos Aires, el primer libro de Borges, de 1923. Empieza con un verso que cualquiera reconoce:

Cuarenta naipes han desplazado la vida.

Jorge Luis Borges, «El truco», 1923

Ahora bien: si buscás ese poema por internet, es muy probable que leas algo que Borges nunca publicó. Porque lo reescribió, y bastante, para sus Obras Completas. Y en la web circula un híbrido de las dos versiones que no corresponde a ninguna.

La de 1923 dice:

Amuletos de cartón pintado / conjuran en placentero exorcismo / la maciza realidad primordial / de goce y sufrimiento carnales / y una risueña génesis / va poblando el tiempo usurpado / con los brillantes embelecos / de una mitología criolla y tiránica.

versión de Fervor de Buenos Aires, 1923

La tardía, la que casi todo el mundo cita, es más simple y más resignada:

Pintados talismanes de cartón / nos hacen olvidar nuestros destinos / y una creación risueña / va poblando el tiempo robado / con las floridas travesuras / de una mitología casera.

versión de las Obras Completas

El único verso que sobrevive intacto de una punta a la otra —de 1923 a los años setenta— es el primero, el de los cuarenta naipes. Todo lo demás lo tocó. La crítica tiene registrados cuatro estados distintos del poema.

Y en las dos versiones sobrevive la idea central: que los jugadores de esta noche están repitiendo manos de otros, y que eso los conecta con los muertos.

los jugadores de esta noche / copian antiguas bazas: / hecho que resucita un poco, muy poco, / a las generaciones de los mayores…

Borges, «El truco», versión tardía

El ensayo: uno solo, publicado tres veces

Hay una confusión que conviene desarmar. Se habla del «truco de Evaristo Carriego» y del «truco de El idioma de los argentinos» como si fueran dos textos. Es el mismo ensayo, publicado tres veces: primero en el diario La Prensa el 1.º de enero de 1928, después en El idioma de los argentinos ese mismo año, y por último como página complementaria de Evaristo Carriego, en 1930.

Ahí Borges dice tres cosas que a cualquiera que haya jugado le van a sonar. La primera, sobre lo que le pasa a la gente cuando se sienta a jugar:

La trucada se arma; los jugadores, acriollados de golpe, se aligeran del yo habitual. Un yo distinto, un yo casi antepasado y vernáculo, enreda los proyectos del juego. El idioma es otro de golpe.

Borges, «El truco», 1928

La segunda es la mejor definición del farol que se haya escrito:

La habitualidad del truco es mentir. […] ese jugador rezongón que ha tirado sus cartas sobre la mesa, puede ser ocultador de un buen juego (astucia elemental) o tal vez nos está mintiendo con la verdad para que descreamos de ella (astucia al cuadrado).

Borges, «El truco», 1928

Y la tercera es adónde va a parar todo:

Todo jugador, en verdad, no hace ya más que reincidir en bazas remotas. Su juego es una repetición de juegos pasados, vale decir, de ratos de vivires pasados. […] Así, desde los laberintos de cartón pintado del truco, nos hemos acercado a la metafísica: única justificación y finalidad de todos los temas.

Borges, «El truco», 1928
No era una boutade

Años después, en «Nueva refutación del tiempo» (1952), Borges vuelve sobre su propia obra y escribe que esa refutación «está de algún modo en todos mis libros: la prefiguran los poemas Inscripción en cualquier sepulcro y El truco, de mi Fervor de Buenos Aires». O sea: para él, la idea de que el tiempo no existe le vino jugando a las cartas.

El truco le siguió apareciendo toda la vida. Es lo que desencadena «El Zahir» (1949): «En aquel almacén, para mi desdicha, tres hombres jugaban al truco». Está en la «Fundación mítica de Buenos Aires» (1929): «Un almacén rosado como revés de naipe / brilló y en la trastienda conversaron un truco»conversaron un truco, que es exactamente lo que se hace—. Y está en la «Milonga de don Nicanor Paredes», donde el cielo sin truco no es cielo: «¿Qué hará usted, don Nicanor, / en un cielo sin caballos / ni envido, retruco y flor?».

Antes de Borges: la gauchesca

Ascasubi es el gran cronista del juego. En «El Truquiflor», escrito en un campamento militar en 1839, cuenta la guerra contra Rosas como si fuera una mano —«en el cual los Orientales / como por prendas jugamos / la libertad y la fama»— y remata con el verso más truquero de toda la literatura argentina:

¡El truco lo hemos perdido, / porque no lo hemos ganado!

Hilario Ascasubi, Santos Vega, 1872

En La vuelta de Martín Fierro (1879) hay una sola estrofa de truco, en el canto XXII, «El jugador» —Picardía habla sobre todo de monte, de dados y de taba—, pero es una estrofa de tramposo orgulloso:

En el truco, al mas pintao / Solia ponerlo en apuro; / Cuando aventajar procuro, / Sé tener, como fajadas, / Tiro á tiro el as de espadas / O flor, ó envite seguro.

José Hernández, La vuelta de Martín Fierro, canto XXII, 1879

Y en Don Segundo Sombra (1926), Güiraldes lo nombra una sola vez, al pasar, para ubicar socialmente a alguien: los copetudos del pueblo se juntaban «para una partida de tute o de truco». El truco como marcador de clase, en cinco palabras.

Los uruguayos

Javier de Viana —el gran cuentista de la campaña oriental— lo usa con una gracia seca. En Ranchos (Montevideo, 1920) hay una definición del matrimonio que es puro truco:

Creyendo que la adversa suerte provenía de la falta de una mujer —aparato regulador— se casó con una criolla que le dijo: «Quiero» cuando él decía «Envido». Y le fué mucho peor, todavía.

Javier de Viana, «Con la cruz en la punta», Ranchos, 1920

Y en el mismo libro, el retrato de una comisaría de pueblo: «la policía estaba constituída por un cabo y dos milicos, quienes, día y noche, lo pasaban en la trastienda de la pulpería, chupando ginebra y jugando al truco».

La respuesta uruguaya a Borges

Cerramos con la mejor discusión que dio el asunto. El antropólogo uruguayo Daniel Vidart le contesta a Borges, medio siglo después, y le discute la premisa desde el primer verso:

Repito, pues, que el truco es como la vida. Los cuarenta naipes no la desplazan, como decía Borges en el antes aludido poema, sino que la imitan… No, Borges, el truco no se halla al margen de la vida, ni la sustituye… reclama una y otra vez su calidad de alegoría o de metáfora de la vida misma. El truco es como la vida, sí, y también como la muerte, su inevitable trascartón.

Daniel Vidart, «El truco: entre la norma y la invención»

Para Borges la mesa era un paréntesis donde la vida se suspende. Para Vidart es el revés: la mesa es la vida en escala, con su azar, su mentira, su compañero y su final. Cualquiera que haya perdido una partida sabiendo que la tenía ganada sabe cuál de los dos tiene razón.

Dos cosas que se repiten y no son ciertas

Se le atribuye a Fontanarrosa un cuento llamado «El asunto del truco». Revisamos los índices de diez de sus libros y no aparece: hasta donde pudimos verificar, ese cuento no existe. Y se dice seguido que Nueve reinas tiene una escena de truco. No la tiene —la estafa célebre de esa película es otra—, aunque sí hay un trabajo académico que lee la estructura del film usando las reglas del truco como modelo.

De dónde salió esto

Lo que se afirma acá está apoyado en estas fuentes. Donde el dato es tradición oral o atribución sin respaldo documental, el texto lo dice. Las citas textuales se reproducen como fragmentos, con mención de autor y obra, al servicio del comentario.

  1. Jorge Luis Borges, «El truco», en Fervor de Buenos Aires (Buenos Aires, Imprenta Serrantes, 1923), p. 16. El texto tardío se cotejó contra la transcripción de las Obras Completas en literatura.us; los versos de 1923 («amuletos», «realidad primordial / de goce y sufrimiento carnales / y una risueña génesis»), contra el cotejo de variantes de McEnaney que se cita abajo.
  2. Thomas McEnaney, «In the Cards: History, Poetry and the Game of Time in Borges's El truco», Variaciones Borges 22 (2006): borges.pitt.edu. Se apoya en Tommaso Scarano, Varianti a stampa nella poesia del primo Borges (Pisa, 1987), que registra cuatro estados del poema.
  3. Jorge Luis Borges, ensayo «El truco»: La Prensa, Buenos Aires, 1 de enero de 1928 → El idioma de los argentinos (1928), pp. 29-34 → Evaristo Carriego (Manuel Gleizer, 1930), pp. 106-110. Cadena de publicación documentada en la bibliografía del Borges Center de la Universidad de Pittsburgh.
  4. Borges, «El Zahir» (El Aleph, 1949), «Fundación mítica de Buenos Aires» e «Isidoro Acevedo» (Cuaderno San Martín, 1929), «Milonga de don Nicanor Paredes» (Para las seis cuerdas, 1965) y «Nueva refutación del tiempo» (Otras inquisiciones, 1952).
  5. Hilario Ascasubi, «El Truquiflor» (1839), en Paulino Lucero (París, 1872), y Santos Vega ó los mellizos de la Flor (París, 1872), canto LV: archive.org.
  6. José Hernández, La vuelta de Martín Fierro (1879), canto XXII «El jugador»: Wikisource, cotejado contra la edición digitalizada en Internet Archive.
  7. Ricardo Güiraldes, Don Segundo Sombra (1926), capítulo I: archive.org.
  8. Javier de Viana, Ranchos (Costumbres del campo) (Montevideo, Claudio García, 1920), cuentos «Con la cruz en la punta» y «¡Lindo pueblo!». Texto íntegro en Project Gutenberg.
  9. Daniel Vidart, «El truco: entre la norma y la invención», UyPress: uypress.net.
  10. Evaristo Carriego, «El alma del suburbio», en Misas herejes (1908).
  11. Sobre el cuento atribuido a Fontanarrosa: se revisaron los índices de diez de sus libros, dos de ellos con nota de contenido bibliográfica completa, sin encontrarlo. Lo damos como no verificado, no como inexistente probado.

Copiar bazas remotas

Es lo que hacía Borges en un almacén de Buenos Aires. Ahora se puede hacer desde el navegador.

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